[Prefiero que me hagas daño a que no me hagas nada]

Casi a diario durante los últimos años he visto llorar a alguien que quiero. He visto gritos desesperados al teléfono, súplicas y lágrimas encerradas en una habitación. Lo odio. Pero he aprendido a convivir con ello.

Es curioso como cuando una persona llora por otra en una situación así, se entiende que la segunda es la mala, la que hace llorar a la primera. Yo creo que esto es real hasta cierto punto. Porque también la que llora está manteniendo esa situación y permitiendo que alguien la entristezca, culpe o ningunee.

Cuando eres joven tiendes a pensar que ya eres adulto, que ya tienes conformado tu carácter, tus gustos, tu proyección de ti mismo como persona, y no es así. Pasan los años y vas creciendo, creces de forma individual y a veces en dirección opuesta a la de tu pareja. Al final, te encuentras amando a alguien que de haber conocido ahora, quizá no habrías elegido. Si fuera así, no ocurriría nada, continuarías tu camino, pero no lo es, la verdad es que te ves compartiendo tu vida con una persona muy diferente de la que te enamoraste en tu juventud, pero a quien a pesar de todo, amas. Es una situación muy extraña, porque quieres tanto a esa persona que sólo deseas que te guste, pero no lo consigues, lo que te lleva inconscientemente a tratar de cambiarla, entonces ella se rebela, porque no quiere renunciar a su propio yo e intenta lo mismo contigo, comienzas a hacer concesiones y poco a poco vas entrando en una espiral decadente que solo tiene un final.

En ese tipo de relaciones no se puede ganar. Uno se mete tanto que acaba por sufrir una especie de Síndrome de Estocolmo nada sano. Llega un momento en que se sigue luchando, se daría todo hasta la muerte sin plantearse el porqué. Se olvida el objetivo, si es que lo hubo alguna vez, y se sigue dejando la piel en cada discusión, en cada desencuentro con tal de permanecer juntos.

Es un tipo de relación que te acompaña siempre, por el dolor y la frustración, porque jamás llegarás a comprender que pasó, que falló para que todo acabase desapareciendo, para que se redujese a nada. No se si alguna vez se llega a superar, a olvidar. Se que se aprende. Se aprende que una relación no es un ser vivo cuya supervivencia hay que asegurar a toda costa, sino que hay dos personas cuya individualidad atrae a la otra y que permanecen juntas sin darse cuenta, sólo porque no desean estar en otro lugar, sin desear nada a cambio pero obteniendo algo muy valioso.

[Todas las canciones son de amor]

Sobre que no eres capaz de confesar, sobre que no sabes como hacerlo, sobre que no tienes objeto de confesión, sobre que vuela tu estómago lleno de mariposas, sobre que las mariposas te asfixian, sobre quien te robó la vida, sobre quien te la devolvió, sobre como se destroza tu corazón, sobre como vas muriendo, sobre que no eres capaz de odiar, sobre que deseas hacerlo con toda tu alma, sobre la maravillosa desesperación de amar.

[Danzad, danzad, malditos]

Música, música, ¡música! Así mientras no puedo escuchar mis propios pensamientos.

[Silencio]


“Mientras haya palabras que duelan,
mientras nadie comprenda este juego,
me encerraré en esta caja vacía
a esperar que algo pase y me salve.”

Me enveneno de azules
A veces quiero estar callado

[Estoy sola]

Cuando despierto por la mañana se que nadie me espera al otro lado de la puerta de mi habitación.

Cuando conduzco camino de clase nadie escucha los sueños de la noche pasada.

Cuando llego allí transcurren las horas girando en un reloj sin expectativas de ningún encuentro.

Al salir conduzco sola de nuevo.

Cada tarde soy enfermera, ama de casa, hija, hermana y a veces madre y lo hago todo sola viendo el tiempo pasar sin esperanza de que nadie venga a rescatarme.

Al caer la noche no tengo sueños de compañía con los que llenar el espacio antes de dormir.

En la cama no hay nadie conmigo.

Las semanas concluyen sin la expectativa de encontrarme con nadie.

Los fines de semana son espacios en blanco de soledad, en los que no hay planes, no hay días y noches, solo tiempo que transcurre lento y se clava como agujas en la piel mientras la vida sigue ahí fuera sin mi porque no tengo a nadie.

Nadie que se preocupe de las cosas que me ocurren, que me abrace con necesidad, que permanezca a mi lado voluntariamente, que aparezca de repente, que se interese por mi, que me reserve su tiempo para emplearlo en nada, que quiera estar conmigo, que me quiera querer.

No tengo a nadie.

[La Lista]

Cuando tenía unos catorce años redacté una lista. Era una lista muy especial porque comprendía todas las características que debía reunir el chico del que me enamoraría.

Era muy precisa, no recuerdo casi nada de lo que escribí, pero se que era muy larga y que tenía cantidad de detalles acerca de ese chico, sobre sus gustos, su forma de afrontar la vida, su manera de relacionarse, de quererme, de tratarme, etc,…

La guardé muy bien. Tanto que nunca he vuelto a encontrarla y desde hace unos años vivo con la sombra sobre mi cabeza de que en aquel momento firmé alguna especie de contrato irrompible con aquel chico imaginario que nunca llegaré a conocer y que por haberlo hecho ninguna de mis relaciones reales va a funcionar jamás.